sábado, 9 de agosto de 2008

Poco que decir

No quisiera invadir este espacio con una simple narración de desventuras. Para eso puedo hacer un diario o cualquier tipo de apunte personal. Afortunadamente no estoy (aún) en la condición de mi vecina wanderingscribe, Anya Peters, pero quién sabe...

Sé que a nadie le interesa, pero también sé que nadie lee este blog, o al menos no dejan comentarios, así que puedo escribir como para mi sin temor. En el peor de los casos, sigo siendo anónimo. Creo que para mantener la perspectiva, voy a tener que dedicar un espacio periódico para escribir mis ideas, como dije, para mi mismo.

Perdí mi empleo hace tres meses, principalmente debido a una profunda depresión que me tenía pensando en matarme. Mi vida no era, ni es, escencialmente mala, pero la depresión cambia todo. No hace falta tener una desgracia encima para sentirse horrible porque la mente misma se encarga de crear el sufrimiento mental y todas las reacciones corporales que acompañan a un a tragedia real. El amor y presencia de una familia, los medicamentos y terapias de los médicos, los consejos bien intencionados de los amigos, todo el trabajo de autoconvencimiento acerca de que "todo está bien", aún la fe en Dios o en la simple naturaleza, todo razonamiento o labor, son vanos cuando la tristeza y la angustia se apoderan de uno.

Había llegado a ser jefe de una farmacia, y me consideraba una persona responsable, trabajadora y competente. Poco a poco fui perdiendo control de mi mismo y de los que estaban bajo mi cargo. Los errores costaban dinero y sufrimiento. Mi amigo Erik, corresponsable conmigo de esa sucursal, fue cambiado a otra por una decisión torpe tomada por mi jefe, y aunque enviaron a otra amiga en su lugar, mi declive se pronunció. Para colmo llegó como nueva jefa para mí una persona incompetente, burda y malintencionada, que tras varias amenazas e insultos finalmente me removió de mi puesto y me colocó en otro que era inconveniente por lo que me requería y porque remuneraba notablemente menos. En mi condición, no me pude defender. Ahora que pienso, veo que de nos ser por la intervención de esa nefasta mujer hubiera podido afrontar mejor los problemas reales, entre ellos mi depresión, y dejar de lado los problemas imaginarios que ella me atribuía.

Cumplí lo mejor que pude en ese puesto, pero mi salud empeoró al grado de llevarme al hospital psiquiátrico y causarme prolongados periodos de postración. Sin poder encontrar otra salida decidí renunciar y volver a ser vendedor, dentro de la misma empresa. Así lo hice, pero desgraciadamente fui enviado a otra tienda donde los problemas de todo tipo eran notables y reales, primero bajo el mando de un compañero un tanto indolente, y después del de una un tanto prepotente. Ahí, igual que otros no enfermos que trabajaban conmigo, me pareció la mejor opción renunciar, y lo hicimos, dejando atrás varios años de experiencia, bonanza, vida...

Aquí es el lugar para decirlo: A mi depresión le debo esto, y al incomparable apoyo que mi enfermedad recibió de esa persona incompetente y malintencionada. ¡Que Dios la perdone!, porque gracias a esa nulidad con poder ahora mi familia sufre al borde de la miseria, y mi cordura está en más peligro que nunca.

Esto no ocupará mucho más espacio aquí, en lo que debe ser un remanso. Pero al menos siento ahora el desahogo de decírselo a todos, y a nadie.

1 comentario:

Ave Fenix.... dijo...

Se feliz con lo que quieras hacer.