martes, 5 de agosto de 2008

El basurero

Camilo, un joven delgado pero vigoroso, corría, tomaba una bolsa y la arrojaba al camión, volvía a correr, tomaba un bote y lo volcaba, volvía a correr.
Todos los días, a veces al amanecer, a veces al ocaso, lo mismo día tras día. Corre, toma, tira, corre, toma, tira, corre, toma, tira... vez tras vez.
Era más duro al amanecer, pues nada más prosaico que un duro despertar y el soñoliento viaje al trabajo. Casi siempre las tardes eran mejores; en ellas se relaja, se puede imaginar cosas.
Llegaron a un barrio pobre. Quién sabe por qué en la pobreza el olor es peor, pero los tambos abiertos soplaban fuera todos los gases que la putrefacción creaba en su interior. En los arroyos y los hoyos que llenaban las calles se amontonaban desechos que aportaban su peste mientras el camión recolector avanzaba. Las luces que escapaban por rendijas y ventanas sin vidrio, del interior de las casuchas contrastaban rojizas con el débil resplandor azul de la alborada.
La rutina diaria se repetía. La retribución, apenas suficiente para mantener con vida a su familia, permitiría ese sábado distraer las penas con una comida diferente, con un momento de distracción.
Una avería detuvo al camión tras caer en un profundo bache, y quedó ahí, inmóvil. Y el trabajo se tuvo que suspender. Camilo y sus compañeros se retiraron a una pequeña tienda, compraron unos bocadillos y un refresco, y se sentaron afuera, en un tronco habilitado como banca, algo muy raro en la ciudad.
Los demás charlaban, ociosos, mientras Camilo se quedó viendo un charquito en el piso. El agua se veía azul oscuro, y vibraba suavemente con el viento. Era, pensó Camilo, como un espejo mágico, que en ese momento reflejaba el cielo.
El joven, en cuclillas, tocó el agua con la punta de su dedo, y se ensimismó viendo las ondas y temblores del líquido. El espejo vibrante reflejó los destellos de una luz amarillenta, que quién sabe de dónde venía. Abriendo más los ojos, se le figuró ver reflejada en contornos de luz a su esposa, esa bella muchacha morena y delgada salvo por su abdomen, prominente por un embarazo de siete meses. El agua se quietó. Tocó nuevamente la superficie, y esta vez apareció la imagen del hijo fallecido, del bebé que enfermó antes de nacer, para llegar al mundo sin vida, pero en esta imagen sonreía como lo hacen los bebés: con los ojos, sin dientes. Un nuevo toque y vio a sus padres, que tal vez aún vivían en un apartado pueblo, lejos de la ciudad.
Toca, mira, siente, toca, mira, siente, toca, mira... vez tras vez.

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