Volé a travás del techo, entre la nocha, hacia la luna. ¿Has visto a Peter Pan? Así, y más, porque atravesé el techo, y Peter no puede. Con los brazos extendidos a los lados, ligeramente hacia los pies como las alas en delta de un supersónico, la cara al frente, y los cabellos estirados hacia atrás por el viento. Iba rápido, pero no tanto que el aire me molestara en los ojos ni en la nariz. Recto hacia arriba primero, pero al pasar por unas nubes y sentir su rocío decidí nadar en ellas y empecé a zigzaguear horizontalmente, moviendo los brazos y con los pies un poco separados.
Estaba sobre mi ciudad, y vi las luces de diferentes colores esparcidas por todas partes: amarillas y azulosas las públicas, blancos los faros de los carros, con sus traseras rojas. Desde la altura no percibía los olores del suelo, sino un aroma suave a humedad, y no veía los detalles, sino sólo formas grandes y focos de luz. ¡Qué difícil ha de ser encontrar otra cosa más bella!
Volé hacia las montañas, sin miedo, sintiendo que el aire me sostenía. Nueva frescura subía de los montes hasta mi altura, para germinar en ella las lluvias de mañana.
Tomé rumbo al mar, y a lo lejos, allá abajo, escuché romper las olas, que eran a mi vista tenues líneas de blancura sobre la oscura profundidad del agua.
En el horizonte vislumbré al sol. Es hora de volver.
miércoles, 6 de agosto de 2008
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